Relájate.

Hilo de Twitter

Vas a ser bueno y no te vas a mover ni un centímetro, te dije con la voz más dulce y sensual que pude. Aquí mando yo, por si no te habías dado cuenta.

Soy tuyo, me confesaste.

Lo sé, pensé, eres jodidamente mío.

Te tenía a mi merced. Tumbado en esa gran cama, inmóvil, excitado sin haberte tocado aún. Deseoso de mí, pero me tendrías cuando yo quisiera.

Entré por los pies del lecho, pasé sobre tus piernas, rocé tu cuerpo con mis pechos, despacio, para que pudieras sentirme. Suspirabas, impaciente, aunque mi prisa era nula.

Apoyé mis brazos sobre tu pecho y te miré. Te deseaba tanto como tú a mi, mas esa espera era un deliciosa tortura. Toqué suavemente tus labios con mis dedos y tras el leve contacto, mi boca fue hacia la tuya. Y te besé. Primero despacio y después con urgencia. Querías moverte, las cuerdas te lo impedían, y estaba segura de que blasfemabas en tu interior.

Me incorporé y me senté sobre tu sexo, sin introducirlo, moviéndome de forma acompasada sobre él, mojándote poco a poco mientras nuestra mutua excitación crecía. Cogías las sábanas con tus manos, alzabas tu cadera buscando un contacto más profundo, queriendo estar dentro de mí. Notaba tu polla, dura, rozando cada vez con más fuerza mi zona íntima, arrancándome suspiros, que te excitaban aún más. Cómo de difícil se me hacía no meterte en mi y follarte, dejar escapar todo mi deseo, toda mi sexualidad, todo el morbo y el vicio que despertabas en mí.

De tu garganta brotaban puros jadeos de placer.

Por Dios, Lila, me vas a matar… Este deseo que tengo por ti es enfermizo. Fóllame, por favor, fóllame, te lo ruego.

¿Eso quieres? – pregunté.

Sí, eso quiero.

¿Ahora? – volví a preguntar.

¿Quieres que te implore?

No – reí. No hace falta, querido. Mírame.

Abriste los ojos y allí me viste, sobre ti, desnuda, majestuosa, dominante, segura de mi misma, sonriendo, malvada, como si me tuvieras que dar las gracias por estar a punto de darte mi cuerpo y mi pasión.

Sin despegar tu mirada de la mía, levanté mi cuerpo, agarré tu verga, y poco a poco hice que me penetraras. Mordiste tu labio con fuerza, gemiste, tensaste todo tu cuerpo.

Hija de puta, fóllame de una vez.

No pude evitar soltar una carcajada.

Cambié de posición y me puse en cuclillas. Elevaste un poco la cabeza y pudiste ver como tu polla era engullida lentamente, y, una vez clavada hasta el fondo, empecé a subir y bajar.

¡Joder, sí!, me encanta, fóllame – repetías.

Y eso hacía yo. Suave, lento, muy profundo, recorría con mi sexo cada centímetro de tu hinchado falo, empapado de mis flujos, duro, delicioso. Me empezaban a doler las piernas, pero aquello era tan placentero, tan morboso y excitante, que no podía parar. Me encantaba escucharte gemir, ver cómo tensabas tus músculos, saber que estabas bajo mi completo dominio, que disfrutabas por mí, para mí.

Volví a sentarme sobre ti. Descansé unos segundos. Te besé, había urgencia en tu boca, intentabas morder mis labios, tus caderas continuaban moviéndose, mi lengua jugaba con la tuya, gemías, tirabas con tal fuerza de las cintas que te amarraban a la cama, que por un momento pensé que las romperías.

Calma, te dije. Disfruta.

Bajé…

Dios… – dijiste, anticipando a lo que iba.

Qué tendrá Dios que ver con ésto – reí. Me encanta tu polla, ¿te lo he dicho alguna vez? Chupé tu glande hinchado y húmedo. Ya no podías contestar. Con una mano te masturbaba mientras seguía regalándote caricias con mi boca. Mis labios resbalaban, mojados y calientes, disfrutándote.

Sigue, sigue... – casi exigías.

No quiero que te corras aún – dije incorporándome. Tengo una sorpresita para ti.

¿Y no me la puedes enseñar después? ¡Déjame acabar, por favor!

No…

Me levanté y abrí el cajón de la mesita de noche.

Lila, ¡no! ¡Ni se te ocurra! ¡Ya me estás desatando de aquí! – casi gritaste.

Vaya – bromeé. Es la primera vez que un hombre me pide salir de mi cama, qué decepción, estoy perdiendo facultades.

Porque ahí estaba yo, con una gran sonrisa en la cara y un strap on en una mano.

Pero cariño -dije-, si te va a gustar. Tú te relajas y ya verás cómo disfrutas.

¡Que no quiero, he dicho! ¡No me gusta!

¿Cómo lo sabes si no lo has probado?

A ver, Lila -sonabas desesperado-, hablemos, ¿de acuerdo? Otro día si quieres, yo me lo pienso. Y entonces lo hacemos. Te lo prometo. Dejo eso donde estaba guardado.

No.

Te quedaste blanco.

Mira -proseguí-, ¿verdad que a ti te gusta hacerlo conmigo?

Sí… -contestaste dubitativo.

¿No me merezco el mismo trato?

No es lo mismo -te quejaste.

Tú tranquilo. ¿Ves este gel? -mientras, destapaba un pequeño recipiente azul. Es un dilatador para tu ano, y a la vez te lo anestesiará un poco, para que sea menos molesto. Puse una pequeña cantidad en mi dedo índice. No te asustes, que esta frío -seguí.

¿Tengo que asustarme porque eso está frío cuando vas a, literalmente, follarme el culo? ¡Por el amor de Dios!

Dios, Dios... -bromeé. Te apliqué el gel.

Lila, en cuanto salga de esta cama te juro que me voy y no vuelvo más.

Tú te lo perderás, querido mío -contesté.

¿Vas en serio, verdad?

Sí.

Que sea lo que…. -lo miré arqueando una ceja-. Bueno, ¡acaba ya!

Te libré de las cuerdas que mantenía sujetas tus piernas.

Levanta el culoordené.

Puse un cojín debajo, para subir tus caderas un poco por encima del cuerpo. Me  coloqué entre tus piernas. Con suma delicadeza, extendí el gel, y a la vez introducía un poquito el dedo en tu ano. Estabas muy tenso.

¿Quieres calmarte? Si de verdad te duele, pararé, te lo prometo.

No respondiste.

¿Sabes lo que es tu próstata, verdad? Mmm, pues es tu punto G.

Mientras introducía cada vez un poco más mi dedo. No te quejabas aunque tampoco te oía disfrutar. Solo escuchaba tu respiración un poco más agitada de lo normal. Masajeaba tu perineo y bordes de tu ano, cuidadosamente. Levanté mi mirada, estabas mirando al techo, como concentrado en algo. Tu polla colgaba flácida, así que intentado coordinar todo lo posible, comencé a masturbarte. Eso pareció relajarte un poco. Me miraste con cara de “ésta me la pagas.” Y yo solo te lancé un beso.

Por fin llegué a ese punto de placer que todos los hombres tienen y que no tantos deciden explotar: tu glándula prostática. Note un bultito como una nuez, y empecé a masajearlo lentamente, olvidándome de nuevo de tu pene, que ya estaba erecto.

¡Joder!, gritaste. ¿Pero qué cojones me estás haciendo?

No contesté. Tres, cuatro minutos…

Lila, ¡para!

No lo hice. Jadeabas, gemías…

¡Para, joder, que me corro!

No paré.

Y de repente, tuviste el mejor orgasmo que yo te había visto jamás tener.

Cuando dejaste de retorcerte de placer, me tumbé a tu lado, desaté tus muñecas, y me abrazaste.

¿Qué me has hecho, pedazo de cabrona?

¿Alguna vez no te lo has pasado bien conmigo? -pregunté con mirada inocente.

No, la verdad que no, ya lo sabes. Pero jamás imaginé que…

¿Que estimular tu ano fuese tan gratificante?

Correcto. Me ha encantado. Ha sido como, “no puedo aguantarme, me corro”.

Mmmm, me alegro -me acurruqué junto a ti.

¿Y eso que has sacado del cajón de la mesita?

Eso, otro día, querido. Otro día.

Nochevieja a 3

Tras dos semanas de intenso sexo telefónico, era normal que O. y yo nos encontrásemos un poco cansados. Estábamos todo el día al teléfono, escribiéndonos tórridos mensajes y escuchando nuestros jadeos, así que, en cierto momento, todo se enfrió y llegamos a anular una cita ya planeada, pues él no es de Barcelona.

Antes de eso, le había hecho una proposición que se me antojaba muy morbosa, para Nochevieja. Esperaba tener un invitado para pasar al nuevo año entre sábanas y la idea era llamar por teléfono a O. y que nos escuchara mientras follábamos. Él estaría reunido con sus amigos, así que solo podría escucharnos y excitarse. Pero ésto quedó aparcado en el momento en que O. y yo nos concedimos el descanso.

Fui a buscar a H., mi amigo, a Barcelona. Cuando lo vi, me quedé impresionada. Iba vestido con un traje oscuro, camisa y corbata color lila, mi preferido.

Subió al coche y nos dirigimos a casa.

Tengo que ducharme y vestirme para la ocasión también – le dije cuando llegamos.

Yo me ducho contigo – me contestó con una sonrisa de vicio.

Pero si ya vienes duchado – contesté, haciéndome la ingenua.

A los 10 minutos nos estábamos follando bajo el agua caliente de la ducha. Al acabar, nos secamos y fuimos a la cama. Tenía mi móvil sobre la mesita y veía una notificación de wassap.

Ya estarás con él y yo cachondo perdido en casa de mi colega. Era O.

¿Quieres escucharnos? – pregunté.

Su respuesta fue pronta.

Ojalá pudiera. Me muero de ganas…

¿Quieres? – insistí.

Dios… Qué ganas, joder.

Le mandé un audio con las primera risas y jadeos.

El primer vídeo.

Una mano de hombre apretaba uno de mis pechos desde abajo, donde una boca devoraba mi sexo.

Segundo audio.

Sonido de besos y gemidos, yo pidiendo: ¿Quieres follarme de una vez?

¿Quieres más? – pregunté.

O. estaba muy excitado.

Me vais a matar. Y si no me matáis, lo haré yo mismo, a pajas cuando llegue a la cama.

Nos intercambiamos varios mensajes más y tuve que dejarlo porque íbamos a cenar.

O lo intentamos…

Aunque en vez de eso, me puse sobre H. y empezamos a follar.

Ese fue el segundo vídeo.

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Me muero por verlo y escucharlo.

O. tenía que disimular su gran excitación, estando reunido con sus amigos.

Pasaron las campanadas pero H. y yo no nos enteramos. Seguíamos follando sobre el sofá. Cuando nos dimos cuenta que ya había pasado media noche, hicimos una pausa en nuestros juegos y cogí de nuevo el móvil.

Feliz año, O.

Feliz año – respondió. Cómo me estáis poniendo…

¿Quieres más?

Quiero lo que queráis hacer conmigo.

Toda la situación era extremadamente morbosa.

Tercer vídeo. Mis pechos en primer plano y una mano de H. jugando con ellos, suavemente. De fondo, se escuchaba a Dani Rovira en la presentación de los premios Goya, estabamos viéndolo por Youtube, de hacía pocos años.

Me tenéis loco. Qué morbazo, joder – escribía O.

Tengo ganas de que lo puedas ver.

Y yo de escucharlo. Quiero irme a la cama a pajearme con vosotros, y aún tardaré. Quiero lamerte, joder, y comerle la polla contigo. Me lo acabo de imaginar y me he puesto muy cachondo. Besarnos, tocarnos…

Follarnos… – añadí.

Sí. Los tres.

Vaya puta entrada de año – dije. ¿Estás cachondo?

Mucho – respondió. Estoy jugando con mis amigos. Y quiero follar. Follar. Y FOLLAR.

Había urgencia en sus palabras.

¿Follarme? – pregunté.

Follarte.

¿Follarnos?

Follaros – sentenció.

¿A qué hora te vas a casa? Quiero escuchar cómo te pajeas.

Me quedo a dormir en casa de mis amigos…

Eran las 4 y nosotros íbamos a dormir un rato. Así que me despedí de O.

A las 6 recibí un mensaje.

Ya soy vuestro. Ya me tenéis en la cama.

Me reenvió el último vídeo.

Qué manera de tocártelos (los pechos). Qué envidia. Voy a tocarme…

Contesté una hora más tarde y él seguía en su cama, imaginando, disfrutando.

¿Te gusta verme follar? – pregunté.

Me mandó un audio donde me contestaba entre gemidos.

Estoy por despertar a mi amigo…

Seguía recibiendo audios de O. Llevaba horas aguantando el deseo y ahora se estaba desquitando.

Me encanta escuchar cómo jadeas – dije en voz bajita -, pero me encantaría más escucharlo en mi oído, porque soy yo quien provoca esos jadeos. Anoche pensé en ti mientras H. me follaba, y él lo sabe.

Móntame – suplicaba O. -. Ahí la tienes, tan dura ya, que podrías hacerlo.

Qué cachonda estoy, cabrón. Voy a tener que despertarlo.

Pero no lo hice, me apetecía seguir escuchando a mi lejano amigo, excitarme con él.

Me gustaría comerte la polla mientras él me folla. Que me comas el coño mientras yo hago lo mismo con su rabo.

Eres una zorra – dijo M.

Esta zorra hace que te corras

Joder, si haces que me corra. Lo sabes bien. Tú me has oído disfrutar como un cabrón.

O. era una fuente inagotable de jadeos.

Me tienes muy salido. Estoy tan duro, te imagino cabalgándome, comiéndola hasta el fondo. Quiero que me folles, Dios.. Mi polla es tuya.

Lo sé.

Cada vena, cada pliegue… – escuchaba que decía con voz entrecortada. Quiero acariciar tu coño con mi boca. Atrapar tu clítoris, succionarlo, masturbarte, quiero follarte y que te corras, y no parar… lo deseo tanto.

Yo miraba a H. Pero dormía tan plácidamente…

H. no se despierta – dije.

Eso es que lo has agotado. ¿Quieres que se despierte y follarnos a los dos?

Sí. Eso quiero.  ¿Y tú no has dormido?

No. No he dormido aún. Me metí en la cama cuando te lo dije y desde entonces he estado acariciándome despacio. Y cuando apareciste me he animado a tocarme más intenso, pero tengo mucho miedo porque me conozco contigo, y se me va la olla y no quiero armar un escándalo. No me apetece descansar, me apetece disfrutar de estar contigo, seguir tocándome despacio mientras hablamos.

Pero el cansancio me podía. Me estaba quedando dormida, y así se lo expuse.

Descansa – me contestó. Y si luego volvéis a follar y quieres que me sume, sólo tienes que avisarme antes de llamar.

Voy a intentar despertarlo ahora.

Deja que duerma, no sea que no te rinda.

Se la he chupado y se ha puesto duro.

Y yo te acariciaba la espalda mientras lo hacías, y te miraba.

Me reí y le dije que aún así no se despertaba.

Le mandé un vídeo cogiendo la polla de H. y masturbándolo.

¿Así te vas a poner a dormir tú ahora, haciendo eso?

Sí. Me caigo de sueño. ¿Te importa si te dejo solo?

Vale, no te preocupes. Descansa. Haz lo que quieras hacer, si luego quieres compartir algo conmigo, me avisas. Te beso…

Yo también te beso…

Sé que no debería mirar tanto el vídeo de tu mano acariciando su polla, pero deseo tanto  que sea la mía…

Eran las 9 de la mañana ya.

Me habéis puesto muy cachondo entre los dos. Pero ponte a domir ya, descansa.

Duerme tú también.

No puedo. Te deseo y quiero aprovecharlo y sentirte todo lo que pueda. Luego dormiré, si me prometes avisarme si quieres algo de mi, ¿de acuerdo? Me gusta tanto acariciarme contigo.

Te lo prometo. Pero noto que se me va la cabeza. Voy a dormir.

A las doce de la mañana volvimos a hablar. H. seguía durmiendo después de tener que levantarse indispuesto al baño.

Creo que ya no habrá más sexo. No se encuentra bien. Oye… ¿tendremos una cita algún día?

Yo creo que sí. Pero ahora mismo no. Estoy en unos momentos un poco raros (por circunstancias personales).

Seguimos charlando un rato.

Sus amigos se estaban levantando y decidimos dejar la charla para otro rato.

Ha sido la mejor entrada a un año nuevo de mi vida.

 Lila

Una cita, realmente, a ciegas

Empecé a hablar con el Señor T. hace más de un año.

En esos momentos estaba implicada en una relación, y muy enamorada. Así se lo hice saber. Eso no fue problema para él y, digamos, que las charlas se hicieron frecuentes cuando él tenía turno de noche y coincidíamos. Me encantaba el ritmo de nuestras conversaciones. Cuando nos despedíamos podíamos estar hasta 2 semanas sin cruzar una palabra, pero al retomar la charla era como si hubieran pasado solo unos minutos. Poco a poco nos empezamos a conocer y forjamos una amistad que a día de hoy se mantiene y ambos esperamos que se prolongue a lo largo de los años.

Mi relación sentimental empeoró, T. me escuchaba y me aconsejaba. Pero dejaba que yo misma decidiera. Y un día le dije: “Se acabó. Me quiero a mi por encima de todo. Lo he dejado.

Me sentía bien, fuerte, independiente. Se acabaron los celos y desconfianzas. Las peleas.

En una de nuestras conversaciones sospeché que T. quería tener una cita conmigo, y ante mi sorpresa, me confirmó que sí.

¿Desde cuándo quieres quedar conmigo? – pregunté.

Desde que comenzamos a hablar – fue su respuesta.

Primera noticia para mi. La verdad es que ni lo había sospechado.

Aún tardamos un par de meses, tal vez más, en tener una fecha. Y a pesar de eso seguimos conversando bajo la misma tónica. No entablamos un diálogo sexual, ni mucho menos. Nunca.

Cuando al fin marcamos un número en el calendario, T. me explicó lo que tenía en mente.

Quiero que vengas a casa, que te tapes los ojos, y yo te haré entrar. – leí que escribía.

Al principio pensé que era una locura. Él nunca me había enviado una foto suya. Era el Señor T. sin más, ¡ni siquiera conocía su nombre de pila! ¿Y si resultaba ser un asesino en serie? (tan fan que soy yo de esas historias, me veía protagonista de una de ellas.)

Lo estuve pensando bastantes días. Por un lado, morbo. Por el otro, miedo.

T. se planteó, ante la tardanza de mi respuesta, que jamás nos veríamos, al menos bajo esas premisas, y me explicó que seguiríamos hablando igual, que era algo que le encantaba y me consideraría su “divertimento“. Esa palabra me enojó, al fin y al cabo era yo la que me tendría que presentar en casa de, así de simple, un desconocido. Por eso, cuando le dije ““, se quedó gratamente sorprendido.

Llegó el día del encuentro. ¿Me prometes que volveré sana y salva a casa?, pregunté. Sólo añadió “y levitante“.

Durante unos 50 kms., conduciendo hacia el lugar de la cita, fui acumulando nervios. Que era una locura, lo sabía. Pero también era excitante, y algo nuevo.

Aparqué y él me llamó por teléfono, y por primera vez escuché su voz. Eso me tranquilizó, pero pensé que Ted Bundy también había sido un hombre educado y amable y se cargó a más de cien mujeres.

Me dio su dirección. Delante de su portería aún me esperé varios minutos, muy nerviosa. Al fin, piqué y T. abrió. Subí los tres tramos poco a poco. Delante de la puerta, respiré hondo, vendé mis ojos y me lancé al vacío.

Ojos tapados

Abrió y, tal y como había prometido, lo primero que hizo fue abrazarme. Fue un abrazo cálido y enorme. Yo temblaba de miedo y excitación. Me dijo que había sido muy valiente (inconsciente, pensé yo.)

Cerró la puerta y me hizo entrar. Podía oír sus movimientos, oler su cuerpo, notar cada matiz de su suave y pausada voz. Nos quedamos de pie y empezó a besarme la cara. Aún temblaba, me parecía increíble lo que había hecho. Y disfrutaba con esos besos, que fueron correspondidos al llegar a mi boca. T. soltó los botones de mi blusa, y mis manos investigaban por debajo de su camisa. Los nervios cesaron, llegó el deseo puro. Por primera vez desde que empezamos a hablar, entre nosotros había algo sexual. Estábamos semi desnudos. Recorrí todo lo que pude de su cuerpo. Noté su excitación, la acaricié. Me sentó y noté que estaba delante mío. A ciegas, busqué su cremallera y, tras desabotonar su pantalón, la bajé. Ese sonido me excitó sobremanera. Me entretuve un poco en prodigarle caricias a su muy erguido sexo. Bajé su ropa interior y mi pasé mi lengua por su húmedo glande. Escuchaba su respiración agitada. Incluso sus suspiros ahogados. Comencé una ligera felación, por momentos lo sacaba de mi boca y notaba un hilo de saliva entre su polla y mis labios.

Me hizo incorporar y me llevó hasta su cama, donde nos desprendimos de la ropa que aún nos vestía. Tocó todo mi cuerpo y yo percibía esas caricias con una gran intensidad. Bajó hasta mi sexo y su boca generosa me arrancaba tales gemidos que no intenté silenciar, sino todo lo contrario. Disfruté y grité y me corrí de una forma totalmente desbocada. Pasados unos minutos, en los que estuvimos abrazados, hice que se tumbase y, previa colocación del obligado profiláctico, empecé a moverme sobre él. Colocó sus manos en mis caderas, siguió mi ritmo, me masturbó mientras me lo follaba… Los vecinos, estoy segura de que escuchaban mis casi gritos, mis orgasmos. Era todo tan morboso, tan placentero debido a mi temporal ceguera, que notaba detalles en los que no había reparado nunca antes, captaba cada cambio en su respiración, y el tacto de manos sobre mi piel muchísimo más que si pudiera contemplarlo.

Él ya quería su final feliz, necesitaba liberarse de todo el deseo, así que tomó los mandos y, con su habitual ritmo, pausado pero continuo, y desde atrás, no paró hasta correrse.

Nos volvimos a abrazar y reímos. Los vecinos me van a mirar mal, dijo. Y por un momento sentí vergüenza.

Creo que sería hora de ver tu cara. – proclamé. Me quité la venda y por primera vez vi el rostro de mi querido Sr. T.

Lo miré y solo pude decir: Por cierto, ¿cómo te llamas?

Lila